Imperio colonial portugués
El Imperio colonial portugués no fue el más grande de los imperios europeos; pero si uno de los más longevos y quizá el último en desaparecer[1] si no contamos las posesiones británicas y francesas que continuaban a principios del siglo XXI.
Llegó a comprender los continentes de América, África y Asia; además de la metrópoli como parte europea, entre cuyas posesiones pueden destacarse Brasil, Angola como las más ricas y joyas sucesivas del imperio (Andresen, 2001, p 3, [2]) y Ormuz junto a Malaca como los primeros asentamientos de cierta importancia. Desaparecería en 1999 con la devolución a China de Macao.
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La necesidad portuguesa de expandirse y mantener su imperio
A mediados de los 70 del siglo XX se cumplían casi 30 años que los británicos habían perdido la India y los holandeses Indonesia, unos 20 que los primeros perdieron Malasia y los franceses Indochina, diez años desde que Argelia se había independizado de los galos, casi toda África era independiente hacía los mismos o más años. Sin embargo Portugal continuaba conservando lo que Sánchez Cervelló ha titulado El último imperio occidental[1].
Casi desde su nacimiento el reino de Portugal necesitaba expandirse y abrir nuevas rutas al comercio y el intercambio, especialmente teniendo frontera con un solo reino.
De esa necesidad vinieron los grandes viajes de exploración. Cabe reseñar el emprendido por Vasco de Gama alrededor de África para encontrar una ruta más corta y más segura hacia las Indias, especialmente tras la Caída de Constantinopla en 1453. Tras Vasco de Gama, navegante míticos del imaginario portugués, partieron otros no menos recordados como Gil Eanes, quien logró arribar al cabo Bojador (1434), o Bartolomé Dias cruzando el actual cabo de Buena Esperanza (1487).
Esas largas rutas requerían de puertos para el avituallamiento por lo que de Portugal partieron algunos colonos que se asentaron en distintos lugares de Asia y África con el fin de dominar el comercio con China, India y Japón. De esta forma se fundaron enclaves como Ormuz (1508) o Malaca (1515).
Asia proporcionaba productos de gran valor como sedas, especies y metales preciosos. Para facilitar aún más las largas travesías los portugueses se hicieron con los enclaves de:
- Cabo Verde (1460).
- Santo Tomé (1470).
- Mozambique (1505).
- Goa es tomada en 1510 para disponer de “frontera” terrestre con India.
- Macao en 1557 por lo mismo con China.
- El caso de Timor, ocupado en 1514, cuenta con un componente propio al ofrecer las riquezas del sándalo.
- Así otras posesiones, caso de Guinea o Angola, que proporcionaron también esclavos y oro.
- En 1500 se descubrió Brasil; pero no fue hasta finales del siglo siguiente cuando se conocieron las inmensas riquezas mineras de aquella colonia, las cuales eclipsaron a las que podían llegar de Asia.
Por las riquezas traídas de Brasil Lisboa no tubo un excesivo interés en colonizar el interior de los continentes africano y asiático; como sí tenían otras naciones europeas. Es el caso de los Países Bajos quien, a través de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, envió en 1652 un pequeño grupo de colonos dirigidos por Jan van Riebeeck para fundar un asentamiento en el Cabo de Buena Esperanza, conocida como Colonia de El Cabo y después Ciudad del Cabo (Ross, 2003, p 22, [3]). También las riquezas brasileñas hicieron a Portugal desinteresarse de varias posesiones asiáticas, sería el caso de los diamantes brasileños cuya producción comenzó a equipararse con la de la India (Campebell, 2003, p 128, [4]); así se perdieron varias plazas, como la de Ormuz, con la llegada de ingleses, holandeses y franceses (Sánchez Cervalló, 1995, p 35 y 36, [5]). Tras esta necesidad de poder acceder a las riquezas del Lejano Oriente llegó una mitificación del aquel pasado de navegantes y exploradores. El Ultramar, como denominaban los lusos a su imperio colonial, se convirtió en un nexo con aquel pasado, una de las razones de ser de Portugal que marcó de un modo u otro buena parte del siglo XIX, y sobre todo, el XX las políticas de aquel país:
- La posible pérdida del Ultramar fue una de las causas de la caída de la monarquía portuguesa y la instauración de la República (Sánchez Cervelló, 1995, p 37, [5])
- Algunos de sus mandatarios viajaron a varias colonias y/o asumieron esa cartera antes de ser los dirigentes de su país, caso de Norton Matos, Marcelo Coetano (de la Torres, 2007, p 27, [6]) o el propio Salazar (de la Torre, Sanchez Cervelló, 1992, p 49, [7]).
- Aproximadamente la mitad del presupuesto nacional llegó a ir destinado al mantenimiento de las distintas guerras colonias.
- Unos 900.000 portugueses lucharon en las distintas colonias sublevadas, cantidad de gran importancia para una población de 8,5 millones (Loff, 2000, p 130, [8]).
- Marcó decisivamente el fin del Estado Novo y la llegada de la democracia.
No debe cometerse el error de pensar que estos enclaves, por reducidos en territorio que pudieran ser, estaban integrados por navegantes, estibadores portuarios, comerciantes y demás personal más o menos civil. El componente militar siempre los acompañaba en la medida que las capacidades portuguesas permitían.
La amenaza inglesa y el fin de la monarquía
En 1822 Portugal perdió Brasil, la más grande y quizá más rica de todas las colonias lusas. En principio esta pérdida no es tenida en cuenta, en lo que respecta a la actitud portuguesa posterior en África, por estudiosos anglosajones del conflicto angolano; así no le dan mucha importancia ni Minter[9] ni George[10], por citar dos ejemplos. Sin embargo, autores portugueses, caso de Andresen si lo mencionan como un hecho muy importante, lo mismo que historiadores españoles (de la Torres, 2000, p 28, [8]) (Sánchez Cervelló, 1995, p 36, [5]). Siguiendo la postura de Andreses la pérdida de Brasil forzó a Lisboa a buscar otra colonia destacada, como se ha indicado al principio, una colonia que fuese referente de su Imperio, y esta fue la ya citada Angola (Andresen, 2001, p 3, [2]). El territorio atlántico atrajo a buena parte de la emigración portuguesa en unos momentos en los que, por otra parte, tanto Portugal como España estaban viviendo situaciones muy convulsas por los ataques que sufrían los liberales por las fuerzas conservadoras, miguelistas en el caso luso y carlistas en el hispano.
Varias décadas después de la independencia de Brasil, entre 1884 y 1885, se celebra la Conferencia de Berlín. En ella Portugal obtiene una pequeña porción de África de la que sobresalían las colonias de Angola y Mozambique; sin embargo existía la posibilidad de unirlas por tierra, un empeño nada novedoso entre las potencias colonizadoras. Pero este objetivo resultaba un motivo de fricción entre Portugal e Inglaterra, pues las pretensiones portuguesas llevarían irremisiblemente a cortar la línea El Cairo-El Cabo.
Como se ha dicho, esa objetivo de unión territorial lo estaban intentado Francia y el mismo Reino Unido. Así, en 1888, Cecil Rhodes consigue permiso del gobierno británico para colonizar los territorios al norte de África del Sur, lo que pronto sería Rhodesia del Sur y más tarde Zimbabue. En 1889 obtiene autorización para seguir subiendo a lo que se llamaría Rhodesia del Norte, Zambia tras su independencia, ambos nombres dados en honor de sí mismo (Moorcraft, McLaughlin, 2008, p 19, [11]). Por lo tanto, la incompatibilidad de estas metas con las de Portugal estaba servida, no obstante ninguna de las dos naciones deseaba allanarse. El intento se saldó en 1890 con el ultimátum británico (Sánchez Cervelló, 1995, p 36, [5]) y la renuncia de Portugal a su pretensión de unión territorial.
Un hecho así, totalmente previsible y muy parecido a lo que sería el encontronazo entre Francia y Gran Bretaña en algún lugar del norte de África, supuso sin embargo un trauma para Portugal. La idea de que la Monarquía no era capaz de defender su imperio se convirtió en una de los principales motivos por los que la monarquía portuguesa entró en su agonía final, no solo en el orden de política internacional;sino también ideológico y social que termina poniendo fin al régimen liberal de 1875 (de la Torre, 2000, p 14, [8]).
La constatación de la debilidad monárquica frente a los imperios europeos contribuyó mucho a debilitar al régimen monárquico y, así, casi todo el país se limitó a ver cómo caía la monarquía en Lisboa, donde el 31 de enero de 1891 había estallado la primera revuelta republicana (Sánchez Cervelló, 1995, p 37, [5]).
El 5 de octubre de 1909 la sociedad secreta La Carbonaria y varios sargentos y marineros dieron el golpe de estado encabezados por Machado Santos. La intentona tuvo éxito y transformó Portugal en una república (de la Torre, 1992, p 21, [7]). No obstante Machado Santos no sobreviviría a ella y sería asesinado un 19 de octubre por la noche, doce años después.
En 1910 se produce un hecho externo a Portugal; pero que tendría importantes consecuencias en la futura colonización de Angola y especialmente en su financiación. El 31 de mayo se proclama la Unión Sudafricana, formada por El Cabo , Trasval, Natal y Río Orange, tras haber renunciado Rhodesia del Sur a formar parte. La Unión Sudafricana implanta desde un principio cierto régimen segregacionista y decide permanecer dentro de la Commowelft (Ross, 2003, p 84 y siguientes, [3]).
El 5 de octubre de 1909 la sociedad secreta La Carbonaria y varios sargentos y marineros dieron el golpe de estado encabezados por Machado Santos. La intentona tuvo éxito y transformó Portugal en una república (de la Torre, 1992, p 21, [7]). No obstante Machado Santos no sobreviviría a ella y sería asesinado un 19 de octubre por la noche, doce años después.
En 1910 se produce un hecho externo a Portugal; pero que tendría importantes consecuencias en la futura colonización de Angola y especialmente en su financiación. El 31 de mayo se proclama la Unión Sudafricana, formada por El Cabo , Trasval, Natal y Río Orange, tras haber renunciado Rhodesia del Sur a formar parte. La Unión Sudafricana implanta desde un principio cierto régimen segregacionista y decide permanecer dentro de la Commowelft (Ross, 2003, p 84 y siguientes, [3]).
Cambio de política y ampliación del Imperio
Pese a que los tres primeros años la República Portuguesa tuvo gobiernos de concentración, el sistema no parecía poder garantizar una mínima alternancia. El Partido Republicano Portugués (PRP) ganó las elecciones presidenciales de 1911 y fue proclamado presidente Manuel Arriaga; así mismo se proclama una nueva constitución que, referido a las colonias, dota de una gran independencia al Ultramar en cuestiones legales, económicas y sociales (Sanchez Cervelló, 1995, p 37, [5]).
Como quizá era irremediable, en el primer trimestre de 1912 el PRP se fragmentó. Antonio José de Almeida fundaría el Partido Evolucionista y Manuel Bito Camacho crea el Partido Unionista; los restos del PRP pasarían a ser el Partido Demócratico. Sin embargo, los partidos de Almaida y Camacho poseían un electorado y una estructura muy pequeños, especialmente si se la compara con el Partido Demócrata; gracias, entre otras cosas, a que este último logró concentrar con mucho la mayor parte de los votos y las simpatías al ser considerado el heredero de la tradición republicana, además de saber atraer o retener la mayor parte de los caciques locales y la pequeña burguesía. Pese a todas estas convulsiones, el trabajo de los gobiernos republicanos fue rápido e intenso en la que se ha denominado “revolución cultural” (de la Torre, 1992, p 21, [7]), destacando:
- La expulsión de los jesuitas.
- Legalización del divorcio.
- Se fiscalizaron las cuentas de la Iglesia.
- Separación de la Iglesia y el estado.
- Se tendió a transformar las Fuerzas Armadas portuguesas en un ejército con amplia base miliciana.
- Nueva bandera, nuevo himno, nueva moneda, nueva ortografía.
Como no podía ser de otro modo, estas reformas encontraron cierto rechazo y gran pasibidad en el campo, era algo con lo que probablemente contaban los dirigentes portugueses. Más sorprendente les resultaron las demandas del incipiente proletariado portugués que comenzó a manifestarse. Inicialmente el gobierno lo toleró, pero en 1912 sus acciones ya podían considerarse represivas, en 1913 el presidente Alfonso Costa, del Partido Demócratico y con mayoría absoluta, era denominado “rajasindicalistas” (de la Torres, 1992, p 23, [7]).
A estos problemas debemos añadir un intento de restauración monárquica, apoyado por España y con la aquiescencia del Reino Unido, con intervención armada proveniente de Galicia.
En principio todos estos sobresaltos se producían casi exclusivamente en las ciudades, cuando no sólo en Lisboa como se ha indicado, estando las zonas rurales mucho bastante al margen, más aún las colonias; siendo tanto el campo y como las colonias sumamente conservadoras. Sin embargo estas adquirirían un poder de influencia mucho mayor cuando las potencias europeas comenzaron a interesarse en ellas. Para Portugal sus colonias era algo de un valor nacional. Basten unos datos:
- Tras la pérdida de Brasil entre 1822-1825 comenzó a forjarse el proyecto Sá da Bandeira para poner las bases en las colonias africanas que las convirtieran en un imperio digno de tal nombre (de la Torre, 1992, p 28, [7]).
- La firma del Tratado de Berlín (1884-1885) colocaba a Portugal en muy mala posición, al exigir un control real de las colonias. Para compensar esto los distintos gobiernos de Lisboa habían comenzó una serie de campañas para “pacificar” y asentar las bases de una administración real en busca de levantar un “Tercer Imperio” (de la Torre, 2000, p 14, [7]).
- La “pacificicación” en cierto modo resultaba novedoso para Portugal, pues sus políticas de penetración se habían basado desde hacía siglos en acuerdos comerciales con los reinos africanos o el levantamiento de centros comerciales y puertos costeros para permitir las rutas comerciales, caso de Luanda y Benguela en Angola (Andresen, 2001, p 4, [2]). Pese a todo, esa nueva forma de colonización se puso en marcha, dotando a las colonias por primera vez de un estado colonial real a finales del siglo XIX (Andresen, 2001, p 6, [2]).
Ya los pasados intentos de la monarquía por dotar a su país de un imperio análogo al francés o al británico resultaron muy costosas; pero los planes trazados por los gobiernos republicanos se pueden calificar de “demasiado ambiciosos”, especialmente teniendo en cuenta la inestabilidad política que vivía la nueva república y los escasos recursos con que contaba para acometer las muchas infraestructuras que todo imperio necesita. Por estos motivos la política del Portugal monárquico y también republicano hacia sus colonias consistió, en la práctica y muy resumidamente, en dotarlas de una gran autonomía y esperar de ellas el mayor autosostenimiento posible (Newitt, 1981, p 177 citado por Andresen, [2]). Pese a todo fue necesario el envío masivo de soldados, mandos y cuerpo administrativo para lograr instaurar un poder similar al ejercido por las grandes potencias coloniales europeas. Todo esto en un momento donde únicamente en 1913 se logró un equilibrio presupuestario en Lisboa, todas los demás años hasta la llegada de Salazar la economía de la metrópoli arrojaba déficit (de la Torre, 1992, p 26, [7]). Ese año es también importante por otra circunstancia que, a la larga, contribuiría a romper el equilibrio presupuestario. Alemania y el Reino Unido negociaron un acuerdo que, de haberse concretado, hubiese terminado en la práctica con el Ultramar portugués (Sánchez Cervelló, 1995, p 37, [5]).
En el caso angolano, durante el periodo de Norton Mato la administración se caracterizó por un programa para levantar infraestructuras de transporte con el fin de atraer y asentar población. Inicialmente la República vio con buenos ojos estas políticas, pero pronto encontró riesgos en la llegada de capitales de la poco amigable Europea (Clarence-Smith, 1985, citado por Andresen, p 5, [2]); por esta razón dichos capitales debían restringirse a sectores industriales, como por ejemplo la explotación los diamantes y el oro de Angola, o la construcción de grandes obras civiles, donde la transferencia de conocimiento resultaba necesario, cuando no imprescindible; la construcción posterior de la presa lusa-sudafricana Calueque-Ruacana podría ser una ejemplo.
No obstante, esta gran autonomía concedida a las colonias, dista mucho de reflejar un desinterés por las mismas. Los gobiernos portugueses sentían humillante y peligrosa la necesidad de supeditar la posesión de su imperio al apoyo británico; por esta razón deseaban tener una relación de iguales con Londres, de ahí la espera a recibir una petición británica de entrar en la Primera Guerra Mundial, pero una vez que esta se produjo tanto el Estado como el Pueblo realizaron un esfuerzo desproporcionado con el fin último de mantener su Tercer Imperio (de la Torres, 2000, p 14, [8]).
Portugal entre en la I Guerra Mundial
Si el Ultimatum de Gran Bretaña le supuso la corona portuguesa al Rey con un cambio de Régimen, el país entero entraría en Guerra por sus posesiones en África, Una muestra de lo lejos que los portugueses estaban dispuestos a llegar por sus posesiones en el Ultramar.
El 28 de julio de 1914 estalló la contienda entre Servia y Austro-Hungría, en principio una guerra balcánica más; pero con la puesta en marcha de todo el sistema de alianzas, aquella “guerrita” pronto mostró su verdadero carácter de guerra europea y más delante mundial, con lo que se conjugaban tres peligros:
- Alemania debía abandonar la tentación de apoderarse de ciertas colonias portuguesas, pero sí hostigarlas para que la metrópoli necesitara movilizar tropas allí y no en el frente europeo.
- El Reino Unido debía seguir apoyando a su aliado portugués y Francia no estaba en condiciones de amenazar a su recién obtenido aliado que luchaba con ellos ante el invasor alemán.
- La neutral España no podía esperar pasividad por parte de las naciones de la Entente Cordial si atacaba a uno de sus aliados, como era Portugal. Por lo que el plan de Alfonso XIII de unificar toda la península Ibérica quedaba en poco más que una intención.
Gran Bretaña no deseaba enemistarse con España declarándose aliado de Portugal y tener después otro frente abierto en Gibraltar. Sin embargo los progresos alemanes en Flandes, la posibilidad de que las columnas del Kaiser llegaran a París y las preiones del presidente francés Raymond Poincaré, forzaron a Herbert Henrry Asquith a solicitar a Portugal inicialmente el envío de artillería.
El gobierno de Bernardino Machado condicionó el envío de ayuda a la participación de tropas lusas en la Guerra y a la invocación de la Alianza para que pudieron poner este acuerdo como ineludible responsabilidad ante el pueblo portugués. El 10 de octubre el gabinete de Asquith cursó la petición y el 23 del mismo mes Bernardino Machado obtuvo la autorización del Parlamento (de la Torre, 1992, p 29, [7]).
Como se ha dicho, el esfuerzo portugués resultó desmesurado, no así su celeridad. Bernardino Machado convocó elecciones para ese año con el fin de contar con un gobierno que preparara el conflicto, entre otras tareas. Esto preocupó mucho a los unionistas que veían imposible ganar a los democráticos; pero también indispuso a los militares, bastante cansados de las injerencias republicanas en su actividad. Ante el peligro de enemistarse con el ejército Bernardino Machado entregó el poder al general Joaquín Pimienta de Castro con el fin de preparar las elecciones, un acto ilegal en sí mismo. Sin embargo Pimienta de Castro cambió la ley electoral, retrasó los comicios tres meses sin autorización, impidió la apertura de las Cámaras en la fecha prevista,indulto de la monarquía... una senda claramente golpista.
En Angola se produce un adelanto de lo que podía llegar a pasar si Portugal no se ponía de parte de los Aliados. Tropas alemanas entran por la frontera sur de la principal colonia portuguesa provenientes del África del Suroeste alemana, actual Namibia, y el 14 de diciembre de 1914 infringen una severa derrota en la región de Naulila a los portugueses que pierden decenas de soldados. Esta derrota conllevó una pérdida de prestigio de Portugal y sus Fuerzas Armadas ante el Reino Unido y Francia, quienes comenzaban a considerarlo poco útil e innecesario en Europa. Naturalmente en aquellos momentos iniciales de la Contienda no se conocía el potencial alemán que convertiría a la de Naulila en una derrota insignificante si se la compara con las que sufrirían los aliados en Kenia; como tampoco se suponían las necesidades de infantería que se tendrían.
En marzo de 1915 los democráticos decidieron echarle un pulso al gobierno, sabedores del apoyo con el contaban en las alcaldías de los municipios y en civiles y marineros de Lisboa. Dicho pulso terminó saldándose con una revolución el 14 de mayo de 1915, confinando a Pimienta de Castro en las Azores y tiñiendo las calles con bastante sangre (de la Torres, 1992, p 30, [7]). Tofilo Braga ocupó la jefatura del estado durante los tres meses que restaban para las elecciones y el Partido Democrático se hizo con el poder absoluto en la Cámara de Diputados y el Senado, volviendo a ser presidente Bernardino Machado.
En junio de 1915 Alfonso Costa ocupó la jefatura del Gabinete en el llamado Gobierno de Unión Sagrada y a finales de ese año recibió una drástica petición por parte de Londres: incautar un total de 79 barcos alemanes atracados en sus puertos. A finales de febrero del año siguiente Lisboa cumple la petición británica de incautar los navíos y el 10 de marzo de 1916 Alemania declara la guerra a Portugal, haciendo de derecho lo que era de hecho en África.
Al contrario de lo que se podía esperar ante un momento de tanto peligro para Portugal, la unidad brilló por su ausencia. En ese gobierno de Unión Sagrada solo estaban los democráticos y los evolucionistas, los socialistas declinaron invitación, igual que los independientes y los unionistas. Pero al año siguiente, cuando el cuerpo de ejército portugués ya contaba con 50.000 hombres en Flandes y había tomado el control de una parte de su frente, el gobierno era exclusivamente integrado por democráticos, presidido en esta ocasión por Alfonso Acosta. Este gabinete fue acumulando progresivamente dificultades:
- En 1916 Bernardino Machado intenta un golpe de estado.
- La carestía de la vida sigue aumentando por el esfuerzo bélico.
- Aumenta la inflación.
- Las protestas de los sindicatos crecen.
- Los otros partido no cesan en su empeño de terminar con la hegemonía de los democráticos.
- El pueblo sigue mostrándose antibelicista, como constató en la aparición de Fátima.
Una larga lista que cada vez aislaban más a los democráticos.
En 1917 el Partido Unionista planeó otro golpe de estado. Como en otras ocasiones, la intentona no contaba con la unanimidad ni siquiera en el ala de la que salían los golpistas. Así, dirigentes como Brito Camacho desautorizaron el alzamiento contra un gobierno cada vez más bunkerizada, bien es verdad (de la Torre, 1992, p 34, [7]).
Pese a las divisiones otro grupo de unionistas, encabezados por el militar y ex-miembro de la misión diplomática en Alemania Sidonio Pais, decidieron seguir adelante. Tuvieron éxito con la revuelta del 5 al 7 de diciembre de 1917 apoyados por parte de la sociedad civil y del ejército, caso de los cadetes de la Escuela de Guerra.
Sinonio Pais resultó ser un líder carismáticos y con deseos de aglutinar bajo su mandato a un gobierno de unidad nacional. En lo referente al Ultramar su mandato, que duraría un año aproximadamente, fue una excepción al restringir la gran autonomía de la que disfrutaban las colonias (Sánchez Cervelló, 1995, p 37, [5]).
El mandato de Pais no fue tranquilo; vivió la perpetua división entre unionistas, monárquicos y republicanos, el intento de golpe de estado en octubre de 1918, la represión subsiguiente con la pérdida de apoyo que eso genera y dos atentados terroristas, el segundo acabó con su vida el 14 de diciembre de 1918. Tamagnini Barbosa ocupó el poder y también sufrió un golpe de estado el 19 de enero de 1919 en Oporto, el cual se extendió a la parte norte del país.
En las siguientes décadas Portugal obtendría algo de tranquilidad, y también de represión, pero sólo era la tranquilidad que antecede a la tormenta, como se puede leer en Preliminares de la Guerra colonial portuguesa.
Referencias
- ↑ 1,0 1,1 Sánchez Cervelló, Josep, El último imperio occidental: la descolonización portuguesa (1974-1975), UNED, Centro Regional de Extremadura, 1998, ISBN: 8488861656
- ↑ 2,0 2,1 2,2 2,3 2,4 2,5 Andresen Guimaraes, Fernando, The origins of the Angolan civil war: foreign intervention and domestic political conflict, Macmillan Press, segunda edición, Londes, 2001, ISBN 0-333-68471-0A
- ↑ 3,0 3,1 3,2 Ross, Robert, Historia de Sudáfrica, Akal, Madrid, 2006, ISBN 978-84-460-2295-4
- ↑ Campbell, Greg, Diamantes sangrientos, Paidós, Barcelona, 2003, ISBN 84-493-1451-8.
- ↑ 5,0 5,1 5,2 5,3 5,4 5,5 5,6 5,7 Sánchez Cervelló, Josep, La Revolución portuguesa y su influencia en la Transición española (1961-1975), Nerea, San Sebastián, 1995, ISBN 9788486763848
- ↑ de la Torre, Hipólito y otros, Marcelo Coetano y el fracaso de la reforma del Estado, Espacio, tiempo y forma, UNED, Madrid, 2007, ISSN: 1120-0214
- ↑ 7,00 7,01 7,02 7,03 7,04 7,05 7,06 7,07 7,08 7,09 7,10 de la Torres, Hipólito y Sanchez Cervelló, Josep; Portugal en el siglo XX, Istmo, Madrid, 1992, ISBN 84-7090-256-3
- ↑ 8,0 8,1 8,2 8,3 de la Torre, Hipólito, Loff, Manuel y otros; Portugal y España contemporáneos, Marcial Pons, Madrid, 2000, ISBN 84-7248-768-7
- ↑ Minter, William, Apartheid's contras, Zed Books, Londres, 1994, ISBN 1 85649 265 6
- ↑ George, Edwar, The cuban Intervention in Angola, 1965-1991, Frank Cass, London, 2005, ISBN, 0-203-00924-X
- ↑ Moorcraft, Paul; McLaughlin, Peter; The Rhodesian war a military history, Pen & sword, Soth Yorkshire, edición revisada en 2008, reimpresión de 2009, ISBN 978 1 84415 694.